
Hay juegos que buscan revolucionar un género, otros que intentan contar una historia profunda y luego está Mexican Ninja, que aparentemente decidió que la mejor manera de llamar nuestra atención era agarrar a un mexicano hasta los huevos, ponerle una katana en la mano y mandarlo a repartir golpes.
Desarrollado por Madbricks y publicado por Amber Studios, Mexican Ninja nos pone en los zapatos de Juan, un ciudadano común y corriente que está cansado de la organizada y aparentemente aceptada narkuza que controla su entorno. Así que decide hacer lo que cualquier persona racional haría ante una situación así: iniciar una cruzada personal para erradicarla. Porque, vamos, ¿a quién le importa que la narkuza esté organizada? El problema es que Juan probablemente no preguntó si alguien estaba de acuerdo con su método.
Un roguelite que sabe perfectamente lo que quiere ser
Mexican Ninja es, en esencia, un roguelite. Tenemos combates rápidos, enemigos, jefes, progresión, mejoras y una buena cantidad de intentos destinados a terminar de la misma manera: muertos, frustrados y pensando «una más y ya».
Spoiler: nunca es una más.
La fórmula no busca reinventar el género y tampoco pretende hacerlo. Mexican Ninja toma elementos bastante conocidos y los utiliza como vehículo para algo que termina siendo mucho más interesante: su identidad. Y es precisamente ahí donde empieza a destacar.
El juego tiene una variedad decente de enemigos y, aunque algunos enfrentamientos pueden sentirse familiares para quienes ya han pasado demasiado tiempo jugando roguelites, los jefes consiguen destacar un poco más. No solamente funcionan como obstáculos, sino que tienen personalidad y se sienten más vivos dentro del mundo. Además, cuando aparece un jefe, la música te lo deja bastante claro. No necesitas un cartel gigante diciendo «JEFE». La banda sonora prácticamente te mira a los ojos y te dice: hermano, vas a sufrir.
México, Asia y una cantidad preocupante de referencias
Uno de los elementos visuales más interesantes de Mexican Ninja es precisamente su escenario. El juego mezcla barrios y elementos urbanos mexicanos con calles y arquitectura inspiradas en Asia. El resultado es una especie de choque cultural donde constantemente estás mirando los escenarios para descubrir qué demonios estás viendo ahora.
Carteles, decoraciones, dibujos, edificios y pequeños detalles están repartidos por los escenarios haciendo referencia a ambas culturas. Y sí, hay momentos en los que uno simplemente se queda mirando algo pensando: «Esto no puede ser real.»
Pero lo es. Esta combinación funciona especialmente bien porque no intenta esconder sus influencias. Mexican Ninja abraza los estereotipos, los exagera y los convierte en parte de su identidad visual. Y entonces llega la narrativa para terminar de rematarlo.
La narrativa: probablemente la razón para seguir jugando
Si hay un apartado donde Mexican Ninja realmente brilla, es aquí. El juego tiene un sentido del humor bastante particular. Es pesado, crudo, lleno de modismos, palabrotas, situaciones absurdas y momentos en los que uno inevitablemente piensa: «Eso sonó casi racista…» Y unos segundos después estás riéndote.
No porque el juego esté intentando hacer una gran reflexión social, sino porque entiende perfectamente que su mundo funciona a través de la exageración. Tenemos referencias mexicanas, asiáticas, estereotipos, chistes culturales y hasta personajes que parecen haber sido diseñados después de que alguien dijera: «¿Y si mezclamos estas dos cosas que no deberían tener absolutamente nada que ver?»
El mejor ejemplo es la Virgencita Neesan, una combinación de elementos religiosos mexicanos y cultura japonesa que resume bastante bien lo que Mexican Ninja intenta hacer. Es absurdo. Es descarado. Y funciona.
Humor sin miedo a ser incómodo
Aquí es donde probablemente Mexican Ninja va a dividir un poco a los jugadores. Su humor no busca caerle bien a todo el mundo. Y, honestamente, se agradece. En una industria donde muchas veces la comedia parece tener que pasar por siete filtros antes de llegar al jugador, Mexican Ninja parece haber tomado el camino contrario: «¿Podemos hacer este chiste?» «Sí.» «¿Deberíamos?» «Tampoco exageremos.»
El resultado es una narrativa cargada de humor negro, situaciones absurdas y diálogos que constantemente rozan esa línea donde uno no sabe si reírse o mirar hacia otro lado.
Pero esa precisamente es su gracia. El juego no necesita reinventar la estructura del roguelite porque está haciendo algo diferente con la forma de contarla. Cada nueva partida puede convertirse en una excusa para descubrir otro diálogo, otra referencia o alguna decoración particularmente descarada escondida en el escenario. Y llega un punto en el que ya no solamente quieres avanzar. Quieres ver qué estupidez va a decir alguien después.
Un árbol de habilidades que intimida más de lo necesario
La progresión también cumple con lo esperado para el género. Tenemos un árbol de habilidades bastante extenso y, además, se expande prácticamente en todas las direcciones. El problema es que, al principio, puede sentirse como demasiada información.
Hay diferentes pestañas, mejoras y posibilidades, y entender qué hace exactamente cada sección puede resultar un poco confuso durante las primeras horas. No es que el sistema sea necesariamente malo; simplemente parece diseñado pensando en que el jugador irá descubriéndolo progresivamente. Y funciona. Más adelante empiezas a entender mejor qué estás desbloqueando, para qué sirve cada apartado y cómo quieres construir tu personaje.
¿Lo entiendes completamente? Más o menos. Pero suficiente para entrar otra vez a una partida y decir: «Esta vez sí.» Spoiler número dos: probablemente tampoco.
Una banda sonora que sabe cuándo ponerse seria
La música cumple con su función. No estamos ante una banda sonora que vaya a robarse completamente el protagonismo, pero acompaña bien el ritmo del juego y ayuda a diferenciar los momentos importantes. Especialmente durante los enfrentamientos contra jefes. Como mencionamos antes, cuando llega uno sabes que llegó uno. La música cambia, la tensión aumenta y el juego consigue darle a esos encuentros una personalidad propia. No necesitas que el juego te explique que estás frente a algo importante. La música ya hizo el trabajo.


Mexican Ninja se parece un poco a Hobo… y eso es bueno
Durante varias horas jugando Mexican Ninja fue difícil no pensar en Hobo. No necesariamente porque sean juegos iguales, sino por esa sensación de estar frente a una experiencia que abraza lo vulgar, lo absurdo y lo grotesco sin preocuparse demasiado por verse elegante. Eructos. Pedos. Sangre. Palabrotas. Violencia.
Y una cantidad bastante considerable de situaciones que probablemente no encontrarías en un juego que se toma demasiado en serio a sí mismo. Mexican Ninja tiene ese espíritu de juego que parece decirte: «Sí, sabemos que esto es una completa estupidez. Ahora juega.» Y precisamente por eso funciona.
¿Entonces vale la pena?
Mexican Ninja no viene a reinventar los roguelites. No pretende hacerlo. Su combate, progresión y estructura toman elementos que ya conocemos y los utilizan para construir una experiencia bastante reconocible dentro del género. Pero su personalidad es otra historia. La mezcla cultural entre México y Asia, el diseño de escenarios, los personajes, los jefes y, especialmente, su narrativa hacen que tenga una identidad mucho más marcada de lo que podría esperarse inicialmente.
Es un juego que viene a hacerte reír. A veces con chistes inteligentes. A veces con una referencia que no esperabas. Y a veces simplemente porque un personaje acaba de decir una barbaridad mientras hay sangre por absolutamente todas partes. Y creo que eso es precisamente lo que más se agradece.
Mexican Ninja no tiene miedo de ser incómodo, vulgar, exagerado o directamente estúpido cuando necesita serlo. En una industria donde algunos juegos parecen tener miedo de hacer una broma que pueda molestar a alguien, encontrarse con una experiencia que simplemente abraza su humor puede resultar bastante refrescante.
No va a cambiar el género. Pero tampoco necesita hacerlo. Porque quizás la verdadera gracia de Mexican Ninja nunca fue convertirse en el mejor roguelite del mercado. Era conseguir que terminaras una partida pensando: «¿Qué carajos acabo de jugar?» Y acto seguido: «Bueno… otra partida.»


Conclusión
Mexican Ninja es un roguelite divertido, sangriento y, sobre todo, con personalidad. Sus mecánicas no son precisamente revolucionarias, el árbol de habilidades puede resultar abrumador al principio y algunos elementos podrían sentirse familiares para quienes conocen bien el género. Pero cuando entra en juego su narrativa, su humor y esa mezcla cultural tan particular, es cuando realmente empieza a diferenciarse. Es descarado, vulgar y probablemente no sea para todo el mundo. Y justamente por eso tiene encanto.
Nota: 8.8
Un roguelite que no inventa la rueda, pero sí decidió pintarla con colores mexicanos, ponerle una katana y hacer que te insulte mientras gira.
Este análisis se realizó en PC con un código suministrado por Amber Studio.
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