
¿Que los políticos de tu ciudad no se mueven lo suficiente? No te preocupes: el presidente Sr. Sev y su hijo Venty llegan con las botas bien puestas para demostrar que todavía existen políticos dispuestos a ensuciarse las manos por su gente.
Desarrollado por Phew Phew Games, Anomaly President se presenta como una continuación espiritual de Anomaly Agent, retomando parte de la esencia de su predecesor para construir una aventura que mezcla acción roguelike, gestión y una particular sátira política.
En esta ocasión tomamos el papel de Venty, hijo del candidato presidencial Sev. Ambos se encuentran enfrentados al “Presidente” Rexford y a su equipo de campaña, quienes aparentemente han estado utilizando a los Fluffies, llamados Blandis en la versión en español, unas criaturas con habilidades aparentemente mágicas que pueden ser utilizadas para modificar y controlar a sus subordinados. Lo que inicialmente parece una simple lucha electoral pronto revela un complot mucho más oscuro, lleno de corrupción y secretos que tendremos que descubrir.
Política de día, mercenarios de noche
Uno de los conceptos más interesantes de Anomaly President es precisamente la dualidad de su protagonista. Durante el día, Sev y Venty deben comportarse como políticos respetables, preocupados por el país y su gente. Pero cuando cae la noche, Venty deja de lado los discursos y se convierte en un mercenario dispuesto a recorrer la ciudad para destapar la red de mentiras que rodea a Rexford y su campaña.
Y es aquí donde los Fluffies adquieren una importancia fundamental.
A diferencia del partido contrario, Sev y Venty respetan y valoran a estas criaturas, que se convierten en una pieza fundamental de nuestra campaña. El autobús que utilizamos como medio de transporte también funciona como nuestra base de operaciones, donde podremos asignar Fluffies a distintas tareas y desarrollar nuevas instalaciones. El resultado es una combinación bastante particular entre acción y administración que termina funcionando mucho mejor de lo que podría parecer sobre el papel.
Un roguelike con alma de gestión
En términos jugables, Anomaly President es un roguelike en toda regla, pero incorpora sistemas de gestión que recuerdan a títulos como Fallout Shelter. Durante nuestras incursiones nocturnas recorreremos diferentes sectores de la ciudad, enfrentándonos a miembros importantes del equipo de Rexford mientras intentamos avanzar cada vez más lejos. Si caemos en combate, los Fluffies pueden ayudarnos a revivir y continuar nuestra campaña. Sin embargo, Rexford también juega con las mismas reglas: cada vez que morimos, sus fuerzas regresan desde el principio y vuelven a ponernos las cosas difíciles.
La diferencia es que nosotros tampoco volvemos con las manos vacías. Cada intento nos permite conseguir mejoras, nuevas habilidades y recursos que harán que Venty sea progresivamente más poderoso. Esto genera ese clásico ciclo de “una partida más” tan característico del género: morir, regresar a la base, mejorar nuestro personaje y volver a intentarlo con la esperanza de llegar un poco más lejos.
Administrar para ganar votos
La gestión de nuestra base es uno de los elementos que más personalidad aporta a la experiencia. Podremos añadir diferentes salas, o módulos, y cada una cumple una función específica: mejorar nuestra salud, desarrollar habilidades, fabricar armas y, sobre todo, generar votos. Estos votos se convierten en puntos de carisma que podremos utilizar para desbloquear nuevos módulos o mejorar a Venty.
Pero construir una sala no es suficiente. Tendremos que asignar Fluffies trabajadores para que cada instalación pueda funcionar correctamente. Además, existe un medidor de Felicidad/Alegría que representa el bienestar de nuestros pequeños aliados. Mientras más felices estén, mejor será su rendimiento en las tareas que les asignemos.
Es un sistema sencillo y no precisamente revolucionario, pero está muy bien integrado. La posibilidad de decidir qué módulos construir, qué recursos priorizar y dónde colocar nuestras mejoras hace que cada jugador pueda desarrollar la base de acuerdo con su propio estilo de juego. Y, sobre todo, hace que regresar a jugar una y otra vez tenga sentido.
Una ciudad que se siente viva
Otro aspecto que nos ha sorprendido gratamente es el diseño de los escenarios. Las ciudades, edificios y departamentos no se sienten como simples fondos colocados detrás de los combates. Hay pequeños detalles que hacen que el mundo parezca estar ocurriendo independientemente de nosotros.
Podemos encontrar NPCs que, cuando comienza una pelea, se agachan, se esconden o directamente salen corriendo de la escena. Son detalles pequeños, pero contribuyen enormemente a la sensación de estar recorriendo un mundo vivo. Lo mismo ocurre con los enemigos.
Cada vez que se introduce un enemigo nuevo, el juego suele mostrarnos una pequeña presentación de su origen: algunos fueron creados accidentalmente por una máquina adoctrinadora, mientras que otros aparecen en situaciones mucho más cotidianas, como NPCs que simplemente estaban dando una clase en un departamento.
No son elementos necesarios para que el juego funcione, pero demuestran el cuidado que Phew Phew Games ha puesto en su mundo. En lugar de simplemente lanzarnos un nuevo enemigo y decir “aquí tienes”, el juego se toma el tiempo de presentarlo y explicar, aunque sea brevemente, de dónde salió.
Jefes que se sienten como jefes
Los enfrentamientos contra los jefes son otro de los puntos fuertes. Sus diseños son interesantes, imponentes y, en algunos casos, directamente bizarros. Pero lo importante es que se sienten como jefes.
Cada uno cuenta con sus propios ataques y combinaciones, además de una especie de segunda fase que se activa después de perder cierta cantidad de vida. En ella, su conjunto de movimientos cambia ligeramente y nos obliga a adaptarnos. Esto provoca que en algunas ocasiones tengamos que repetir un escenario varias veces. No necesariamente porque el juego sea injusto, sino porque necesitamos aprender los patrones del enemigo, descubrir cómo enfrentarlo o simplemente regresar a nuestra base para conseguir mejores herramientas. Y eso es exactamente lo que esperamos de un buen jefe de un roguelike: que la primera derrota nos enseñe algo que podamos utilizar en el siguiente intento.
Una historia que invita a seguir avanzando
Narrativamente, Anomaly President también consigue mantenernos enganchados. Los personajes importantes tienen personalidad propia y suficiente profundidad como para que resulte interesante conocerlos. Incluso los diálogos entre ellos pueden resultar bastante divertidos, algo que ayuda a que la campaña nunca se sienta como una simple excusa para pasar de un combate al siguiente.
La historia genera esa sensación de querer llegar un poco más lejos para descubrir qué está ocurriendo realmente y, eventualmente, poder enfrentarnos a Rexford de una vez por todas. La sátira política, además, funciona como un complemento perfecto para el absurdo universo que propone el juego.
Pixel art, cyberpunk y mucho color
Visualmente, Anomaly President también sabe muy bien lo que quiere ser. Su combinación de pixel art y estética cyberpunk crea escenarios coloridos y llamativos que encajan perfectamente con el tono de la aventura. Hay una gran cantidad de detalles en los escenarios y diseños de personajes que ayudan a darle identidad propia.
Es especialmente satisfactorio comprobar que esta dirección artística no se limita a los personajes principales: la ciudad, los enemigos, los edificios y los diferentes elementos del escenario forman parte de una misma identidad visual.
Venty no viene a hacer campaña con las manos limpias
Pero detrás de todos esos colores y el particular sentido del humor de Anomaly President. También existe un lado bastante más brutal. El juego no tiene miedo de mostrarnos que Venty no está dispuesto a jugar limpio cuando cae la noche. Las ejecuciones son considerablemente gráficas y forman parte importante de la personalidad del protagonista: decapitaciones, apuñalamientos, pisotones y golpes mortales dejan claro que este líder de campaña presidencial tiene una forma bastante particular de hacerse notar.
El gore no está ahí simplemente para intentar sorprender al jugador; también ayuda a establecer quién es Venty cuando deja atrás los discursos políticos. De día tenemos a un candidato que estrecha manos y busca votos, mientras que de noche nos encontramos con alguien que no tiene demasiados reparos en acabar con sus enemigos de las formas más violentas posibles.
Y esto termina funcionando especialmente bien gracias al estilo pixel art. La violencia contrasta con los escenarios coloridos y el tono casi caricaturesco del juego, creando una combinación bastante particular que encaja perfectamente con el absurdo universo de Anomaly President. Porque si algo deja claro el juego desde sus ejecuciones, es que Venty podrá estar haciendo campaña, pero definitivamente no vino a debatir por las buenas.
Un apartado sonoro que cumple
Si hay un aspecto que quizás nos ha pasado un poco más desapercibido, es el apartado sonoro. La música cumple correctamente su función y acompaña los momentos de exploración y combate sin convertirse en un problema para la experiencia. Sin embargo, tampoco encontramos un soundtrack que nos haya hecho pensar “necesito escuchar esto fuera del juego”.
Y, sinceramente, tampoco le hace demasiada falta. Anomaly President consigue destacar gracias a la combinación de sus mecánicas, su narrativa, su dirección artística y todos esos pequeños detalles que construyen su mundo. La música simplemente cumple con acompañar el viaje.



Veredicto
Anomaly President toma elementos que ya conocemos y los mezcla de una manera que consigue sentirse fresca. Sí, tenemos un roguelike. Sí, tenemos gestión. Sí, tenemos una base que mejorar, recursos que administrar y enemigos que derrotar una y otra vez. Pero el juego consigue integrar todos estos elementos de tal manera que nunca sentimos que estamos frente a “otro roguelike más”.
No hemos tenido la necesidad de decir “esto se parece a X” mientras jugábamos. Y eso es posiblemente uno de sus mayores logros. Anomaly President entiende sus influencias, toma prestadas ideas que funcionan y las adapta para construir algo con suficiente personalidad como para sostenerse por sí mismo. Su combinación de acción, gestión, narrativa y humor termina creando una experiencia que sabe exactamente qué quiere ofrecer.
Una propuesta divertida, adictiva y sorprendentemente bien construida que nos deja con una conclusión bastante sencilla: ojalá lleguen más títulos como este. Así que ya saben, ciudadanos: cumplan con su deber, apoyen a su candidato y prepárense para hacer campaña. Eso sí, recuerden que en Anomaly President, al parecer, la política también se resuelve a golpes.
Nota: 9
Este análisis se realizó en PC con un código suministrado por Gamedev.ist.
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